
Yo traía en mis manos un cucurucho de papel con
semillas de girasol, producto vegetal de infinitas cualidades y de gran utilidad que se puede comer de dos maneras: tomar una a una las semillas entre los dedos, pelarla suavemente e ingerir la semilla. Esta es la opción que sirve para
hacer tiempo. La otra implica colocar la semilla de canto entre los dientes. Al apretar, la cáscara se parte y libera el contenido comestible. La cáscara entonces se escupe, lo cual, si bien puede parecer inapropiado en un salón urbano, tiene grandes ventajas en el campo. Porque sólo la gente ignorante cree que quien escupe lo hace por mal educado. Si se tiene en cuenta la variedad de ángulos en que le es dado al hombre escupir, se comprenderá que quien escupe al piso no carece de educación y continencia. Y si se observa la condición socioeconómica de quienes escupen en público, se comprenderá que a lo que escupen entonces es
al mundo, o al mundo tal como les es dado. Es un gesto, tal vez un poco escueto, de
rebeldía. El último refugio de la
dignidad. Desde hace siglos ese código secreto es compartido por todos los que escupen, incluso por los que escupen cáscaras de semillas de girasol. Porque lo que verdaderamente importa es el gesto de escupir. Salvo para los pocos que sólo reciben caricias del orbe, escupir el suelo, que es escupir el mundo, es uno de los pequeños grandes placeres de este mundo.
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